La vuelta

Confundido, Eliseo caminaba haciendo crujir las tablas del piso de un lado a otro de la habitación, desde la biblioteca, hasta la chimenea, hasta la ventana. Sentía el cuerpo liviano, y le parecía que no tocaba el piso.

Todo había cambiado: los sillones, la chimenea, el cuadro. ¿Y era él quien estaba plasmado en esa pintura? Las velas, que alguna vez encendió, no iluminaban ahora la habitación; las reemplazaban unas lámparas gigantes que lo encandilaban.

Una y otra vez pensaba en la historia que venía escribiendo. Quería, necesitaba terminarla.

¿Dónde están las hojas?, pensó.

Una corazonada lo guió hasta su escritorio. Encima del vidrio que cubría el nogal vio la pila que estaba buscando.

Desde que la inspiración había llegado a la mente de Eliseo, ni sabía cuánto tiempo atrás, todas las mañanas, no bien se levantaba, escribía. Hasta que un día, tampoco sabía cuánto hacía de eso, no lo hizo más. Y ahora había aparecido repentinamente en esa habitación.

Observaba las hojas, cuando oyó el ruido del picaporte.

Miró.

Alguien abrió la puerta. Una mujer de unos sesenta años entró y se sentó en la silla —su silla— del escritorio. Acomodó las hojas, separó las escritas de las blancas, colocó una en una máquina y empezó a golpear unas teclas.

El ruido era tan insoportable, que obligó a Eliseo a taparse los oídos y alejarse.

Volvió hasta el escritorio y se paró detrás de la mujer.

Se dio cuenta de que la mujer estaba escribiendo, y al lado de la maquina había sí una pila de hojas, pero era de ella.

Eliseo quiso agarrarlas. No pudo, la mano traspasó la materia.

Gritó, se agarró la cabeza, se acuclilló al lado de esa mujer que no paraba de golpear esas teclas.

La llamó, le gritó al oído, le dijo que parase. Y ella no respondía, tampoco lo veía: absorta en la escritura, la mujer no percibía la presencia de él.

Decidió hacer algo: con furia golpeó la tapa del escritorio. Las hojas cayeron esparciéndose por el piso, la ventana se abrió y un fuerte viento arrasó la habitación.

La mujer se asustó, se quedó muy quieta.

Y Eliseo empezó a recordar.

Vivía en esa gran casona con una sobrina muy codiciosa. Sofía se llamaba. Trataba mal a los empleados, pedía dinero todo el tiempo, y no tenían buena relación. Sabía que su tío —Eli, le decía con falso cariño— tenía una pequeña fortuna.

A lo largo de su vida, Eliseo había escrito cuentos para diferentes periódicos y también una novela que lo consagró. Esa consagración llevó a que le pidieran que escribiera otra.

Decidió trabajar de noche. Dejaba la puerta entreabierta, le gustaba la brisa nocturna.

Recién ahora, tanto tiempo después, empezaba a ver las cosas con claridad: su sobrina lo había planeado todo. Con mucho sigilo, una de esas noches, entró en la habitación y lo vio escribiendo.

Él apenas percibió su presencia. Raro, se dijo. Porque ahora, a la distancia, le parecía tan nítida.

Ella traía un candelabro y lo golpeó en la cabeza. Él se derrumbó sobre el escritorio y, antes de desmayarse, vio que su sangre manchaba las hojas.

Después —ahora—, cuando por fin volvió en sí, notó que la vieja que usurpaba su escritorio lo miraba desconcertada, como con miedo.

Y reconoció en esa vieja a su sobrina.

Eliseo le dio la espalda, fue en busca de su novela. Pero no la seguiría por ahora: antes debía escribir lo que había sucedió aquella noche de sangre.

Se apodero del cuerpo de su sobrina y comenzó a golpear las teclas. Y siguió golpeándolas hasta que los primeros rayos de luz ingresaron en el recinto.

La nueva novela al fin quedó terminada.

Un par de días después, un vecino encontró el cuerpo de Sofía, inerte, con la cabeza ladeada encima de la máquina.

 

Publicado en Clínica ROI – Cuento 5

Cuestión de cuentos

Coordinado y compilado por Marita Rodríguez-Cazaux.

Editorial Dunken 2017.

 

 

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